Alisar el ceño

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Hoy por la mañana, salí caminando a la oficina como lo hago todos los días. El sol de primavera me pegaba en plena cara y la temperatura era comparable a la de un huevo bajo la gallina, si vale la comparación.

Todo era ideal, pero por mi cabeza pasaba un torrente irrefrenable de pensamientos que no permitía que la paz llegue a mi cara. Iba serio, brusco, con el ceño fruncido y el paso atropellado. No se trataba de preocupaciones, mas bien estaba queriendo resolver el problema del mundo en los pocos minutos que me restaban para llegar al laburo.

Hasta que a unas dos cuadras del lugar me crucé con un chiquito de unos 9 o 10 años. Era rubiecito y flaquito, y caminaba sonriente como si acabara de oír un chiste de Jaimito. Pero al acercarme a él, detuvo su marcha, me miró fijo a los ojos, y con cara de “yo no fui” se quedó observando mi gesto adusto. O al menos eso fue lo que sentí.

Pasé a su lado, seguí caminando, y llegué a mi destino con otra preocupación: ¿con qué derecho opaqué la sonrisa de ese chiquilín si ni siquiera tenía una excusa relevante?. No es que pretenda hacerme cargo de la felicidad o infelicidad de todo el mundo como si fuera un paladín de la alegría, pero antes de entrar a la oficina tomé una decisión: haría de cuenta de que ese niño estaría observándome durante toda la jornada.

Espero mañana volver a cruzarlo, para darle las gracias.

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