Podría decirse que a los 18 años tuve mi primer emprendimiento. Se trataba de un apiario. Un apiario no es otra cosa que varios miles (quizás millones) de abejas revoloteando a tu lado esperando la oportunidad de filtrarse por algún descuido de tu traje, y picarte. Trabajé bastante duro con ese apiario; si bien mis colmenas no eran demasiadas, las tareas de campo para personas fatigadas de nacimiento como yo resultan altamente inapropiadas:
Levantarse muy de madrugada.
Cargar el vehículo.
Viajar varios km hasta el campo.
Descargar el vehículo.
Equiparse. Ir al apiario.
Curar las colmenas, limpiarlas, ordenarlas, restaurarlas, seleccionarlas. Alimentar a las abejas, revisar los panales de cría, revisar a la Reina, extraer los cuadros melíferos, cambiar las alzas, remover el propóleos, limpiar rejillas, extraer el pólen, cambiar las tapas, alinear los cajones.
Cortar el pasto.
Limpiar el equipo, ordenarlo y guardarlo.
Hacer las anotaciones de todo. Planificar la próxima sesión. Hacer un resumen de la jornada, y retornar a la civilización.
No gané mucha guita, pero aprendí bastante sobre el tema y hasta rendí los exámenes inherentes a una actividad colegiada. Pero el gran aprendizaje de la experiencia apicultora fue que se puede sobrevivir a todo, incluso a un feroz ataque de abejas enojadas.
Jornada de pleno verano, 7 de la tarde. Había arrancado a laburar a eso de las 9 de la mañana. Estaba enfundado en un traje blanco con escafandra y sombrero al tono. Las gotas de transpiración me tenían empapado y el cansancio y mal humor se habían apoderado de todo mi cuerpo. Las abejas, por su parte, se mostraban estresadas y todo hacía indicar que era el tiempo de marcharme.
Uno de los grandes valores de la juventud es la confianza que tenes frente a todo lo que emprendes, pero uno de los peores defectos de esa juventud es, paradójicamente, esa puta confianza inconsciente que te hace realizar las locuras más insólitas:
Ya con la última colmena entre los brazos, quise apurarme para terminar e irme y, sin que nadie me lo exija y contra todos los manuales, me quité todo el disfraz, y por boludo pateé una colmena, tiré todo a la mierda y salí corriendo por el campo.
37 abejas me picaron.
Las manos, la cabeza, la espalda, el culo, todo.
Me destrozaron.
Llegué a mi casa por poco en ambulancia. No podía ni tocarme, y no tuve mejor idea que meterme bajo la ducha para intentar aliviar el las ronchas... Ni te cuento. Las gotas parecían martillazos. Por primera vez sentí lo que siente un torturado chino con un verdugo queriendo abrirle los ojos. ¡Qué dolor! ¡Qué picor! El ardor de mi vida. Me ardía más que a una ardilla. Más que una ladilla. No sabés. Chicos: no intenten eso en sus casas. Ante cualquier duda, consulte a su apicultor. Llamen a los bomberos, no sé, pero por favor nunca se acerquen a un panal caído o con las abejas en celo.
Recuerdo verme en el espejo del baño, desnudo, flaquito, todo picado, todo rojo, todo pelotudo. Me reía y lloraba. Me reprochaba la imprudencia. Me lamentaba de no haber afrontado la situación como un profesional, como un adulto responsable. No entendía lo que había pasado, pero me prometí que de ese día en adelante mi trabajo, haga lo que haga, tendría que ser impecable.
Hoy, casi veinte años después, sentado en el patio de mi casa, veo pasar un enjambre y regresa a mi repentinamente aquel recuerdo. Me siento en la compu, lo escribo, lo disfruto, me río y pienso...
¿Salen unos mates con miel?























La verdad es que me lo leí de un trago... qué buena anécdota. Es tan verdad que a esas edades y después también, uno es más inconsciente y se saca escafandras, toma sol al mediodía, trepa a techos agujereados y otras cosas que hacen notar el por qué tiene sentido el ir creciendo de a poco.
Bastante formalmente y con paciencia te venías portando hasta el día en que las abejitas se enloquecieron.
Lamento lo de las múltiples picaduras. Debe haber sido un espanto.
Tomate el mate con miel nomás.
Un beso, Jean-Paul y otro extensivo a Pelu de parte de Renata
Iba a decir que ahora de grande me gusta hacer chanchadas con la miel, hacer el amor en los pastizales del campo, y darle picotazos a las chicas, etc, etc, etc. Pero no sólo no queda bien andar diciendo esas barbaridades en el blog, sino que también... es mentira, maldición!!!!
jajajajajajaa.
Gracias por pasar a charlar, querida amiga. Dice Pelu que le manda un pico de perro en el hocico de Renatis. ;-)
Pasa el mate nómas!
Wow... A mí me picó UNA abeja una vez y casi me morí. @_@ Probablemente, no habría sobrevivido para contarlo si me hubieran picado 37 abejas. Eso pasa por ser tan ultra-alérgica a todo. Si una abeja casi me dio un shock anafiláctico, ¡imagínate 37! Debe haber sido terrible.
Qué bueno, en todo caso, que puedes reírte ahora y no sales corriendo cada vez que ves uno de esos desagradables bichos. ^^U
Saludos~
-----------------
Andrea
~*Sail Away*~
Mi tienda@Buscalibros.cl
Es cierto, zafé porque no soy alérgico a nada >> Aunque una vez me picó una avispa (parientes lejanos de las abejas) y se me hinchó la pierna como un globo aerostático. :|
Misterios de la naturaleza *_O
Este artículo es muy interesante y hecha luz sobre que puede estar pasando:
Que nos endulzará la vida cuando ya no haya más miel de abejas.
http://www.jorgelopezcalderon.com.ar/wordpress/?p=250
http://www.jorgelopezcalderon.com.ar/index.php?p=1_15_Celulas-madre#abejas
tienen mucha razon