Cuando el año pasado jugué mi primer partida extraoceánica de ajedrez con Germánico tuve una buena experiencia educativa (es decir, una tremenda paliza).
Pero no sólo a nivel de juego sino que también recibí una lección de vida: para “ganar” la partida tenía que rebajar a mi contrincante, entonces, utilicé todos los artilugios que pude y me tomé todas las libertades posibles en el marco que una buena amistad permite, incluyendo provocarlo, acobardarlo, acoquinarlo, arredrarlo, amedrentarlo y atemorizarlo verbalmente hasta distraer su atención y cometa el gran error.
Pero grande fue mi sorpresa cuando, a partir de la sexta o séptima jugada se precipitó amenazante sobre mi Reynaldo silenciando mis petardos.
El resultado estaba echado: ni James Bond me salvaría…
Ahora bien, ¿Qué hace que una situación muy estresante y preocupante pase de ser una frustración a una agradable moraleja? Pues eso, cuando logramos reconocer que hay un beneficio oculto a pesar de una desesperada situación. Cuando sabemos que perder no importa tanto, que se puede dejar de jugar para ganar, y jugar para aprender. En esa instancia renunciamos a la pérdida y a la ganancia a corto plazo. Y entendemos que soportar varios Jaques nos hará mejores jugadores en el juego de la vida.
Así que, en ese sentido, he aprendido que cada partida me garantiza la victoria simplemente por hacer mi mejor juego, independientemente de cuán rápido o tarde pierda y sobre todo, de cuán dispuesto esté a disfrutar de mi próxima tunda.
¿quién me juega?


Me divierto hablando, pero más aún callando. 






Comentarios recientes
hace 5 horas 2 mins
hace 1 día
hace 1 día
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días
hace 4 días