Que pena que no haya llegado…
Hubiera sido distinta mi infancia.
Ayer llegué a casa dispuesto a contarle todo lo que había conocido en mi viaje de excursión.
Esperé a mamá en la cocina, y como no llegaba fui a esperarla a la puerta.
Aún no llegando, decidí esperarla al pie de mi cama, y como aún no llega escribo en un papelito:
Querida mamá: no pude hacerlo, pero me hubiera encantado contarte que caminar por la cornisa de aquellos acantilados no es tan peligroso como dicen. Te hubiera contado que correr huyendo de esos perros te hace abrir la boca tanto, que parece que se te sale el corazón. Que la adrenalina que me hincha las venas al saltar el tapial para ir a buscar la pelota es una sensación preciosa y no entiendo porqué no puedo hacerlo. También te hubiera contado cuánto puede uno divertirse al tocar el timbre de una casa y esconderse para ver refunfuñar a las viejas vecinas.
Me gusta mucho jugar al fútbol mamá, y si hago la tarea el sol bajará pronto y ya no me dejarás ir a la plaza!. Tengo sueño mamá, y si ahora no tengo hambre es porque no me cansé lo suficiente. Dejáme correr, quiero divertirme!.
Quiero abrazarte mamá, ¿a qué hora vendrás de trabajar?























Obviamente no es autobiográfico. Tuve la suerte de tener una infancia totalmente contraria a lo que escribí en el post y estoy muy agradecido por ello a mis viejos.
Mi intención fué llamar la atención de algún que otro papá que, creyendo que trabajando duramente y sobreprotegiendo a sus hijos les hacen todo el bien que necesitan...
Lo sé, no es fácil, y tampoco tengo hijos. Pero así me salió del corazón. Gracias.