
Recuerdo
ese viaje con extraña melancolía.
Mil
cuatrocientos kilómetros fueron el tiempo que demoré en encontrarla.
Allí estuvo
ella, como siempre lo había estado.
Rubia de
nacimiento y moteada por el sol. Sus ojos me llamaron y sólo la playa estuvo de
testigo.
Por encima
de mis brazos se alzaron sus caderas, nuestras lenguas, vivas, no hicieron más
que intercambiar fluidos durante toda esa tarde. Era hermosa, tendría no más de
23 años, y a mis 18 le parecían una prueba de que existía en el mundo algo
porque dejar de leer a Schopenhawer.
Estuve relativamente
poco tiempo con ella. Sin embargo, me enamoré.
Le dije
muchas palabras, tantas, que hoy me parecen demasiadas. Ella sólo me oía y me
besaba, me acurrucaba entre sus senos y asentía con la cabeza. Nunca escuché su
voz.
Pero un día
llegó el final.
Por fuerza
mayor tuve que despedirme. Le dediqué unas estrofas y ella, sollozando, se
despidió de mí con un melódico: -“vejo você prontamente”.
………….
Ayer me
decidí por buscarla. Florianópolis está muy cambiada.
Ella está
igual, la reconocí en seguida.
En pocos
minutos supe que sería en vano: al poco tiempo de irme de Brasil conoció a otro
hombre que le hizo sentir que yo sólo había sido un dulce sueño de verano.
Afortunadamente
no me prometió nada, y hoy puedo dedicarme, tranquilo, a enseñar portugués en
la escuela de Lenguas Vivas.




























En estos casos siempre se impone la viveza de las lenguas...