Desde hace
cuatro años estoy preparándome para este debut, y creo que mas allá de la
destreza que uno adquiere, el hecho de subirme al cuadrilátero implica no sólo
recordar todo lo que he aprendido, sino la oportunidad de demostrárselo a
Batata, mi adorado padre, que tanto ha hecho por mi y mi futuro como estrella del box.
“Soy el
Príncipe de este Acuario” pienso mientras voy subiendo a un ring lleno de luces
y gente que espeta mi nombre como si algo les debiera.
Soy un muchacho
positivo. El placer de imaginar lo adquirí por mi mamá. Ella leía todo el día: arrancaba
tempranito a la mañana, y a la tarde, cuando Batata y yo salíamos para el
gimnasio, ella retomaba sus libros de astrología o el Manual de Predicción, y
sólo interrumpía esta empresa para prepararnos los fideos de la cena. Siempre
me hablaba de planetas, constelaciones y números, o me contaba historias
fabulosas de dioses paganos y antiguas simbologías. Tenía un libro muy gracioso,
al que yo llamaba Los Doce Animalitos, y también otro, deslumbrante, donde se
veían Estrellas con inscripciones y rayas.
Mamá nunca
temió por mi. Siempre estuvo convencida de que el futuro es uno sólo y no
depende de voluntades.
No es que
le tema a Michael, es que ésta es mi primer pelea y tengo la necesidad de
hacer cumplir mi destino.
Escucho
sonar la campana, salgo decidido y le pego. Fue un sólo derechazo.
Tyson sale
de las cuerdas y nunca vuelve a subir.
Estoy contento,
Batata llora.
Mamá,
tranquila desde el ring side, me guiña un ojo y sonríe.
No podía ser de otra manera: capricornio y libra estaban de acuerdo y el bueno de Mike debió saberlo.
























Quiero confesar que este hacer este post me demandó dos horas y media. Estoy exhausto, casi, casi como Michael.
Y me pregunto ¿cuánto tiempo les llevará a otras personas escribir un textito como éste?