Ni preguntas, ni respuestas

Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado; un tiempo para matar y un tiempo para sanar, un tiempo para demoler y un tiempo para edificar; un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar; un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas, un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse; un tiempo para buscar y un tiempo para perder, un tiempo para guardar y un tiempo para tirar; un tiempo para rasgar y un tiempo para coser, un tiempo para callar y un tiempo para hablar; un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo de guerra y un tiempo de paz.
(Eclesiastes 3, 1-11)


Por propio mérito o por casualidad, debo reconocer que me siento muy afortunado. Porque creo que estoy entrando en una etapa de mi vida en la que no necesito tantas respuestas.
Estos días descubrí que llevo un buen tiempo sin hacerme ninguna de las dos preguntas: ¿por qué? ni ¿porqué?. Y aunque a simple vista no lo parezca, creo que finalmente es gran cosa. Porque es internalizar que las cosas suceden porque nosotros lo queremos, y si no suceden, o no las queremos, ¡también están sucediendo!. Es decir: ¿qué mas da?.
Si bien últimamente algunas muchas cuestiones se han venido dando como para ponerme de cara a la derrota, agradezco al cielo no haberle dado el gusto al infortunio. En ésta época de balances y proyecciones, aún no tengo claro si mis desiciones han sido o pretenden ser atinadas, pero sí tengo la certeza de que decidí ser felíz hoy y no mañana. No voy a esperar a tener más dinero, un mejor trabajo, un mejor auto, o incluso un hijo. Renuncio a postergar mi bienestar, no por conformista, sino porque el "hoy" no volverá a suceder y para poder darle sentido a mi vida necesito de ese "hoy" para coronarlo. Y eso no implica que para el próximo año no esté lleno de proyectos, -quizás como los tuve el año que pasó y no los concreté-, pero ya no importa tanto, porque aunque no tenga demasiado en claro lo que voy a hacer, no implica que no esté haciendo lo correcto.
Esta mañana llovía a cántaros en mi barrio, y estando yo mirando por la ventana, vi a un anciano vecino quedarse "empantanado" en la esquina, de regreso a su casa, en medio del chaparrón. Después de dudarlo unos instantes me puse las zapatillas, tomé un paraguas, fuí a buscarlo, y lo acompañé hasta su casa llevándole el bolso de las compras que traía. El hombre, agitado y aturdido al llegar, me miró, sonrió un poquito y únicamente me dijo: -"vas a tener suerte".
Naturalmente no necesité preguntarle porqué iba a tener suerte, ni tampoco hace falta que te diga de qué manera su sonrisa ladeada iluminó el resto de mi día lluvioso.
Es un ejemplo boludo de cómo una pequeña actitud redefine el proyecto de vida que hayas hecho alguna vez, y puede volver a impulsarte aún sin tomar carrera.
"Casi todas las personas son tan felices como deciden serlo." Dijo A. Lincoln, y yo agrego, "dále que va!".

Por hoy no voy a hacer más comentarios, sólo quería escribirlo para después recordar que, algún puto día de mi vida, tuve la claridad de ver así las cosas.
Gracias.

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