
Desde hace un tiempo, cada vez que llueve, sobre el techo de mi casa se acumula el agua en forma inapropiada.
La cubierta está compuesta por dos aleros de chapa con una losa de hormigón en el medio. Teóricamente, el agua que recolectan las canaletas debiera descender por un caño de pvc que baja desde una rejilla. Pero, como decía, desde hace un buen tiempo esto no sucede y el agua queda amontonada arriba y conforma una especie de laguna que atrae bichos, mugre, olor y, lo peor es que a veces se filtra por las paredes hacia el interior del hogar.
Un día, se me ocurrió subir al techo para ver en qué estado se encontraba la laguna y, si fuera posible, aplacar el inconveniente.
Puesto que no hay una escalera, subí colgado de las uñas y los pies. Me raspé, me ensucié, y padecí el vértigo de las alturas hasta que por fin accedí a la cima. El charco estaba ahí: quieto, sucio, amenazante. Caminé por la cornisa, me mojé los pies y las manos, revolví la alcantarilla y entendí que el problema no estaba ni en la lluvia ni en el techo. Estaba en la rejilla.
Tanto en la vereda como en el patio, hay árboles del que se desprenden unas pequeñísimas hojas con forma de hélice. También hay plantas que dejan caer palitos, florcitas, tierra, basuritas, etc. Y mirando con detenimiento, también puede haber bichitos, papelitos, cositas viejas, cosas que hoy, por más que quiera, no tendría sentido utilizarlas, etc.
Así que tomé coraje, metí las manos, y de a poco fui quitando todas esas cosas que obstruían el flujo natural del agua. Lo hice pausadamente pero a conciencia. Intentando liberar sin destruir nada. Procurando que las cosas que dificultan que el agua pase ligera y limpie todo lo que está por venir, ocupe un espacio distinto, que quizás no sea en la basura, sino como abono para otras plantas.























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