A unos 450 Km de mi casa existe un Bosque Energético. El mes pasado, en ocasión de mis vacaciones, tuve la suerte de ir a conocerlo. Es una agrupación de pinos secos donde, dicen, se genera un ambiente “distinto”. Es un sitio silencioso, quieto y tranquilo. Debido a la densidad de árboles, casi no entra la luz y no crecen vegetales ni pasto. Tampoco hay animales y la temperatura es ideal. Pero lo más llamativo es la particularidad de favorecer condiciones de “equilibrio” a, por ejemplo, dos o más ramas apoyadas una sobre la otra.
Diversas son las teorías y las fervientes desmentidas, pero lo cierto es que las ramas “se quedan” y la paz se respira en el aire.
Hasta aquí todo bien. Lo que quería contar era que durante esas (mis!) vacaciones llovió como si fuera a ser la última vez en la vida. Llovió todo el día, todos los días, llovió a mares, llovió como nunca, como jamás lo he visto ni soñado en pesadillas. Llovió como un hijo de puta!. Y para decir la verdad, aún no conseguí superarlo.
Utilicé todos los métodos que pude para convencerme de que el descanso debería ser interior. De que todo era cuestión de “equilibrio” interno, y que el hecho de no poder ir a la playa y estar todo el día encerrado en el departamento sería una oportunidad de reencontrarme conmigo mismo y meditar, etc, etc: Mentira!!! Maldita sea! Quería tomar sol y meterme al mar!! Quería jugar con Pelu en la arena, quería nadar y pasear tranquilo… Pero nó!, Fuck!
En fin…, después de todo he aprendido otra lección. Que tampoco es bueno encontrarle siempre el lado positivo a las cosas. También es humano reconocer una nueva derrota y asimilar la experiencia para la próxima vez… Después de todo, encontrar el equilibrio es cosa seria, y no es razonable tener que hacer 450 km cada vez que lo estemos buscando.
Adiós, sigo llorando
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